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Categoría definitiva
Diagnóstico

La crisis de las manos pequeñas

Subtítulo
El coste social de la crisis se manifiesta en un notable aumento de las desigualdades económicas
Cos

Como tantas otras ciudades occidentales, Barcelona acabó el siglo XX inmersa en un profundo proceso de desindustrialización y en la investigación de nuevas actividades terciarias para ganarse la vida. La globalización vaciaba sus fábricas y desocupaba sus obreros para llevarse la actividad productiva a las afueras, donde es más fácil explotar el medio ambiente y a los trabajadores. Mientras tanto, la ciudad exploraba la posibilidad de dedicarse a el turismo o la sociedad del conocimiento. Si bien es cierto que estas nuevas actividades terciarias le proporcionan a la ciudad nuevas fuentes de ingresos, pero no han demostrado suficiente capacidad redistributiva porque concentran mucha riqueza en pocas manos mientras generan puestos de trabajo insuficientes o muy precarios. Una de las pocas actividades productivas que sobrevivió a este proceso de tercialización es la industria de la construcción.

Antes del estallido de la burbuja inmobiliaria, Barcelona contaba con un apretado tejido de pequeñas y medianas empresas y trabajadores autónomos que se nutrían del sector. Pero este entramado de despachos de arquitectura, constructoras y promotoras pequeñas, almacenes de materiales de construcción, transportistas, industriales de barrio, carpinteros, cerrajeros, albañiles o fontaneros fue aplastado por la crisis y ha quedado casi irreversiblemente desintegrado. En los últimos años, los principales indicadores macroeconómicos han empezado a dar señales que de recuperación que hacen pensar que la economía española ha salido de la crisis. Sin embargo, muchos indicadores señalan que esta recuperación no está siendo igual para todo el mundo. El coste social de la crisis se manifiesta en un notable aumento de las desigualdades económicas y en el hecho de que un amplio sector de la sociedad todavía está lejos de haber recuperado el poder adquisitivo que tenía antes del 2008.

En Barcelona, esta realidad se manifiesta incluso en la esperanza de vida de la población, que ya difiere cerca de diez años entre los residentes de los barrios más ricos y los de los más pobres. En este contexto, el aumento del precio de la vivienda y el estancamiento o la reducción del nivel adquisitivo de las familias tiene consecuencias dramáticas. La vivienda no es sólo el principal gasto que hacen las familias a lo largo de su vida; es también uno de los principales motores de la economía. De momento, la reactivación de la obra pública ha revivido las grandes empresas constructoras que concentran riqueza en pocas manos pero todavía no ha conseguido que una irrigación capilar llegue a rescatar las manos pequeñas.

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