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Categoría definitiva
Diagnóstico

La alarma de la contaminación

Subtítulo
"después de décadas de masificación del vehículo privado, vivir en calles peatonales se ha convertido en un lujo muy deseado."
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Buena parte de los más de 400.000 automóviles que entran cada día en Barcelona —que superan los que entran a Manhattan— corresponden a personas que viven en periferias metropolitanas que no siempre disponen de un buen transporte público. La excepcional densidad de la capital catalana facilita la movilidad a pie o en bicicleta y permite dotarla de un transporte público eficaz pero, a su vez, provoca que sea mucho más vulnerable que otras ciudades a los efectos del vehículo privado. Barcelona tiene 6.000 coches por kilómetro cuadrado —Madrid, 3.000; París, 1.500; Londres, 1.200—, que privatizan más del 60% del espacio público mientras que sólo se usan en el 20% de los desplazamientos, que provocan unos niveles de polución atmosférica muy superiores a los límites marcados por la UE y que generan cada año más de 3.500 muertes prematuras.
La respuesta a esta emergencia sanitaria pasa, sin duda, por reconquistar el espacio público invadido por el automóvil y entregarlo a los peatones, los ciclistas y los usuarios del transporte colectivo de superficie.
Esta es la apuesta del Ayuntamiento, que ha hecho pública su voluntad de pacificar un gran número de calles a toda la ciudad. Pero esta solución entraña un grave peligro de gentrificación.


Si la ciudad no es capaz de dotar los barrios pacificados de una buena proporción de vivienda pública y de pequeño comercio de protección oficial, todo el esfuerzo colectivo dedicado a reconquistar el espacio público revertirá en beneficio del mercado inmobiliario o la industria turística y perjudicará los vecinos y comerciantes con menos poder adquisitivo, que no podrán afrontar el aumento de los alquileres y se verán expulsados del barrio. Nos lo demuestra la experiencia de las pacificaciones del Borne, de la Villa de Gràcia, de la calle de Enric Granados o del Portal del Àngel: después de décadas de masificación del vehículo privado, vivir en calles peatonales se ha convertido en un lujo muy deseado.